Las fuentes de David Fincher

Las fuentes de David Fincher

Giovanni Blandino Publicado el 7/5/2021

Hollywoodiano y anárquico al mismo tiempo, icónico y grotesco: David Fincher es, sin duda alguna, uno de los directores más polifacéticos de Hollywood de las últimas décadas. Durante su carrera, ha dirigido dos de las películas que se han quedado grabadas con más fuerza en la retina de la Generación X: la lúgubre Seven y la subversiva El club de la lucha. A David Fincher también se le debe dar el mérito de haber logrado rodar una película sobre Facebook y su creador en un momento en el que la red social no había calado tantísimo en nuestras vidas y en la sociedad.

Famoso por ser extremadamente meticuloso y por la profunda relación que establece con los actores, David Fincher también ha sido aclamado durante años por algo muy particular: devolver la importancia y la atención a los créditos de apertura de las películas.

Gigantescos, minimalistas, post punk, en 3D, extremadamente onerosos, analógicos y digitales, macabros: algunos describen los créditos de David Fincher como un verdadero renacimiento de este aspecto gráfico y tipográfico del cine.

Hoy, por tanto, vamos a sumergirnos en el mundo de los títulos y los créditos de David Fincher. Contaremos las técnicas innovadoras y las elecciones tipográficas que realizó el director, además de los talentosos diseñadores con los que colaboró.

Seven

Seven es un thriller negro y psicológico en el que dos detectives – un joven e impetuoso Brad Pitt y un Morgan Freeman más reflexivo – tratan de detener una macabra cadena de crímenes vinculados entre sí por un inquietante leitmotiv: los siete pecados capitales. La película se estrenó en 1996 y es una de las películas más oscuras y angustiosas de David Fincher. Durante los 90, se convirtió en una película de culto. Podemos encontrar estas mismas características en sus famosos créditos de apertura.

Los créditos – creados por el diseñador Kyle Cooper, que, entre otras cosas, también se encargó de los créditos de apertura de American Horror Story y Solo en casa – son toda una obra maestra: están considerados como unos de los mejores de la historia y una de las mayores innovaciones de diseño de los años 90, en parte gracias al uso combinado de lo analógico y lo digital.

Desde el punto de vista cinematográfico, los créditos iniciales de Seven hacen algo bastante interesante: acompañan al espectador a la misteriosa mente del asesino en serie mucho antes de que aparezca en la película. Y lo hacen por medio de un collage bastante inquietante compuesto por libros antiguos de anatomía, páginas de diarios e imágenes macabras. Con esta base, se crea una tipografía fugaz y verdaderamente escalofriante.

La tipografía de Seven se creó mezclando caracteres escritos a mano con caracteres de la fuente Helvetica, una de las más extendidas y famosas del mundo: se trata de una superposición nerviosa e imprecisa que aumenta la sensación de angustia durante toda la escena. El espectador debía tener la sensación, según cuenta Kyle Cooper en una entrevista, de que la tipografía que se utilizaba en la película la había creado el asesino en serie.

La creación de la fuente no fue sencilla: en un primer momento, los caracteres se grababan a mano sobre una cartulina negra, se traspasaban a una película y, en posproducción, se emborronaban un poco más. Toda la escena se confeccionó así utilizando medios analógicos con los que las imprecisiones técnicas eran más frecuentes. «Era como si los créditos cobrasen vida propia poco a poco», nos cuenta el autor.

Si os interesa un análisis más detallado sobre los créditos, con un guion gráfico y un material extra interesantísimo, lo podéis encontrar aquí.

The Game

The Game cuenta la historia de un hombre de negocios rico al que su hermano mete en un juego de rol bastante particular, algo que poco a poco le cambiará la vida.

La tercera película de David Fincher se estrenó en 1997 tras el enorme éxito de Seven. Si observamos los créditos iniciales, podemos ver lo polifacético que es el director estadounidense. Totalmente en las antípodas de los créditos de Seven, los créditos inicial de The Game son lo más minimalistas que podría uno imaginarse: un solo plano, el título de la película y un rompecabezas que se fragmenta en mil pedazos. «No me gustan los créditos decorativos, que sean bonitos solo por gusto», cuenta David Fincher en esta extensa entrevista a Art of the Title. «Los títulos tienen que ayudar a preparar la escena y esto se puede lograr tanto de manera muy elaborada, como de forma sencilla». Y es justo lo que hace en The Game: en tan solo unos segundos, con la imagen del rompecabezas, Fincher adelanta qué le sucederá poco después a la vida del protagonista.

La fuente que se utilizó para el título de The Game es la Trajan y tiene una historia bastante peculiar. Diseñada en 1989 por la estadounidense Carol Twombly para Adobe, la fuente Trajan, en realidad, tiene unos orígenes mucho más antiguos, tanto que algunos la consideran una de las fuentes más longevas del mundo. Para crearla, Twombly se inspiró en las letras cinceladas en la base de la Columna de Trajano, el monumento erigido en Roma en el 113 d. C. por el emperador Trajano para celebrar la conquista de Dacia.

La perfección de las inscripciones en la base de la columna siempre ha sido un misterio para los apasionados de la tipografía. Por ejemplo, en los años 60, Edward Caitch, un sacerdote aficionado a la caligrafía, estaba convencido de que las letras se pintaron en la roca antes de grabarse. Carol Twombly se interesó por estos estudios y, años después, creó la elegante fuente (la historia entera y llena de curiosidades se cuenta en el libro «The Eternal Letter», publicado por MIT Press).

Irónicamente, la fuente Trajan no acabó siendo adecuada para escribir en latín, pero tenía un gran atractivo para Hollywood: de hecho, más de 400 carteles de películas de Hollywood usan la fuente Trajan.

El club de la lucha

El club de la lucha se estrenó en cines en 1999 y está considerada la obra maestra de David Fincher. Inspirada en la novela de Chuck Palahniuk, la película es muy hollywoodiana y muy subversiva al mismo tiempo: está protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, se habla de puñetazos y de la vida en la oficina, del capitalismo, de la amistad entre hombres, de la sociedad y de psicología. Es una película extraña, en cierta manera un poco punk, y se convirtió en todo un símbolo de la Generación X.

Todo empieza con 90 segundos de créditos iniciales, que van acompañados por la base electrónica de Dust Brothers. Incluso estos 90 segundos se han convertido en objeto de culto.

Los créditos iniciales de El club de la lucha representan lo que sucede en el cuerpo de un hombre – desde la reacción de las sinapsis hasta la sudoración abundante de su piel – cuando alguien le apunta con una pistola y está a punto de apretar el gatillo.

De los créditos se encargó Digital Domain, que se ayudó de una ilustradora científica para poder recrear este fugaz viaje a la biología que hay tras las emociones de un hombre. La fuente que se utilizó fue una sans serif, que algunos definieron como «la letra de un flyer de una fiesta» y que se adaptaba a la perfección a la escena monocromática concebida por Fincher.

El encargado de crear la fuente fue el famoso diseñador gráfico y de caracteres tipográficos P. Scott Makela. A finales de los años 90, Scott Makela estaba ya al final de su carrera y contaba con una cierta reputación: de hecho, fue uno de los primeros en explorar el uso de programas digitales – como Photoshop e Illustrator – para crear caracteres, desarrollando así un estilo propio y bastante peculiar. También obtuvo bastante fama por ser el creador de la fuente Dead History.

Un curioso contenido extra: aquí podéis encontrar los fantásticos bocetos de la secuencia inicial de El club de la lucha.

La habitación del pánico

La habitación del pánico se estrenó en 2002. David Fincher presenta esta vez un thriller claustrofóbico, ambientado casi en su totalidad en un apartamento de Nueva York. La película rinde homenaje, a su manera, a Alfred Hitchcock, catapultando el típico suspense del maestro de las emociones a la década del 2000.

El homenaje empieza desde los créditos iniciales, que están explícitamente inspirados en los de Con la muerte en los talones. Si Hitchcock en su obra maestra utiliza por primera vez la tipografía cinética para hacer que los créditos se muevan por la fachada de un rascacielos (hablamos de eso aquí [link al artículo Las fuentes de Alfred Hitchcock]), David Fincher, en los créditos iniciales de La habitación del pánico, incorpora sus enormes caracteres al frío skyline de Nueva York, haciendo un gran uso de los gráficos hechos por ordenador. La elección de una técnica tan moderna para la época fue seguramente lo que hizo que el coste de la secuencia aumentara: los créditos iniciales de La habitación del pánico fueron los más caros que se habían hecho jamás.

Sin embargo, el efecto fue todo un acierto: los espacios amplios contrastan con los espacios cerrados que se ven en la película. Además, los enormes caracteres que se suspenden de forma extraña entre la arquitectura infunden la inquietud justa.

Los créditos fueron obra de la agencia Picture Mill, que tardó más de un año en terminarlos. Entre otras muchas cosas, la elección de la fuente requirió un gran esfuerzo: se buscó la inspiración entre los letreros antiguos de Nueva York para dar con una fuente que se integrase bien con la arquitectura. Se descartaron algunas san serif como la Helvetica y la Univers, ya que se consideraron demasiado frías. Al final, se eligieron tres fuentes: la Copperplate, la Requiem y la Meyer. Entre las tres propuestas, David Fincher no lo dudó ni un momento: la Copperplate era la fuente perfecta (en esta entrevista a los encargados de los créditos, podéis encontrar la historia completa).

La Copperplate Gothic es una fuente tipográfica creada en 1901 por Frederic W. Goudy. Se trata de una fuente muy particular, concebida por el diseñador estadounidense al inicio de su carrera y con varias influencias del pasado (entre las que se encuentran los grabados en piedra y en cobre). Con tan solo letras en mayúsculas, suele encontrarse en puertas de oficinas y en tarjetas de visita. También la hemos visto en la pantalla: es la fuente del logo de «¿Quién quiere ser millonario?» y de los créditos iniciales de American Psycho.

La red social

Rodar en 2010 una película sobre Facebook y sobre el nacimiento de la red social más famosa del mundo no era, para nada, una apuesta segura. David Fincher logró triunfar con La red social retratando de forma directa y, a veces despiadada, a su creador, Mark Zuckerberg.

Los créditos iniciales de La red social son obra del diseñador Neil Kellerhouse, conocido en Hollywood por haber trabajado posteriormente en El renacido, Under the Skin y Perdida. Fincher aquí pasa a usar unos créditos muy básicos y eficaces. ¿Qué hace? Un JPEG que se carga poco a poco y, evidentemente, la fuente tipográfica Klavika en negrita: la fuente de Facebook.

El logo de Facebook, de hecho, usa una versión modificada de la fuente Klavika, una familia de caracteres sans serif, versátil y moderna, creada en 2004 por el joven y talentoso Eric Olson. Posteriormente, el estudio gráfico Cuban Council modificó la fuente, en concreto, las letras k, f y a para acabar creando uno de los logos más conocidos del mundo. Es curioso pensar que, mientras diseñaba la fuente, Eric Olson dudó durante varios meses sobre si tirar todo por la borda.

Como hemos visto, para David Fincher los créditos no son para nada un aspecto secundario, sino que cumplen su propia función cinematográfica: presentan a los personajes desde otra perspectiva, como desde dentro de sus células, como en El club de la lucha o desde la intimidad de sus diarios, como en el caso del inquietante asesino en serie de Seven.

A veces son créditos grandiosos y muy exuberantes. Otras, son extremadamente básicos. A través de técnicas más o menos complejas, David Fincher jamás ha querido crear un «simple crédito»: no ha parado de innovar, ha experimentado con las fuentes, ha colaborado con artistas excepcionales y ha combinado tecnologías analógicas y digitales llevándolas al límite. ¿El resultado? Pequeñas obras maestras de diseño y tipografía.