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Recibos viejos, cables enredados, envoltorios de caramelos, lápices rotos, botones, trozos de tela hecha jirones, cajas vacías, restos de papel arrugados. Para la mayoría de nosotros, estos elementos irían a parar directamente a la basura con el fin de evitar el desorden y la acumulación. Pero para Lydia Ricci, son los materiales principales de sus geniales esculturas de momentos cotidianos a pequeña escala.
La artista, nacida en Pennsylvania, atribuye ese instinto de crear de la nada que cultiva desde una edad temprana a su entorno familiar. Su madre era una inmigrante ucraniana que podía improvisar cualquier cosa en épocas de carencia, que eran la mayor parte del tiempo. Y su padre, italiano, nunca tiraba nada por si un día servía para algo o podía arreglarlo. Ella ya lleva 30 años heredando, coleccionando y robando materiales de desecho para sus obras.
De diseñadora gráfica a escultora de miniaturas
Lydia Ricci se graduó en diseño gráfico en la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh, y también ha estudiado fotografía y grabado en Estados Unidos y en universidades de países europeos como Suiza e Italia. Durante sus primeros años de carrera, trabajó como diseñadora gráfica freelance, principalmente centrada en pakaging y diseño de marca. En paralelo, también se dedicaba a proyectos personales para potenciar su creatividad.
Así es como nació su primera escultura, The Dodge, un coche verde cargado de simbolismo, puesto que en esa época se había mudado a un área a las afueras de la ciudad y tenía que lidiar a menudo con su miedo a conducir. Desde entonces, los coches continúan siendo uno de los objetos más representados en sus obras.
Proceso de trabajo en pleno caos
El estudio de la artista americana es un auténtico caos, lleno hasta arriba de cachivaches procedentes de la casa de su padre, tiendas de segunda mano, ventas en garajes o incluso de los vertederos de su vecindario. Entre pieza y pieza, limpia la habitación, pero mientras tanto, puede incluso que alguna acabe rodando y sea incapaz de encontrarla por ningún lado.
Curiosamente, ese proceso de trabajo desordenado está en plena sintonía con la apariencia de sus obras, llenas de manchas, desgarros, arrugas, bordes desiguales, residuos de pegamento y colores que no coindicen. Ni siquiera desinfecta sus materiales, pero es justamente esa crudeza la que los hace tan vivos e imperfectos, al igual que nuestros recuerdos.
Y es que las miniaturas de Lydia Ricci aluden de manera nostálgica a tiempos pasados. Desde un futbolín a una aspiradora, un piano, un secador, un FAX, una caja registradora, una máquina de arcade, una noria, un sofá-cama o un comedor antiguo.
Animaciones que explican historias con humor
Las esculturas de Lydia Ricci se han exhibido en numerosos museos y galerías de arte, en muestras tanto individuales como colectivas, y su trabajo ha aparecido en publicaciones de prestigio como The Guardian, The New York Times, The Huffington Post, Hyperallergic y Vice.
Pero la artista también ha recibido reconocimientos en festivales, ya que muchas veces activa las miniaturas usando animaciones en stop-motion y añadiendo fragmentos de texto para contar historias con un punto de humor. Por ejemplo, en el cortometraje “I Will Always Love You” explica la evolución de una relación de pareja a través de sus dramas cotidianos.
Y en “Panthyhose”, su mudanza a San Francisco y cómo consiguió su primer trabajo.
Ya sea desde el diseño gráfico, la escultura o el cine, Lydia Ricci transforma lo efímero en pequeños tributos a tiempos pasados.
