El arte de la correspondencia manuscrita

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Claudia Barea abre cada día el buzón de casa con el mismo entusiasmo con el que un niño abre los regalos el día de Reyes. En una época en la que las facturas y los folletos de publicidad son la única correspondencia que recibimos, esta barcelonesa de 25 años se resiste a perder la costumbre de escribir y recibir cartas manuscritas con personas de todo el mundo.

Pero las suyas no son unas cartas cualesquiera, son pequeñas obras de arte. Ella misma elabora los sobres, con sus característicos motivos florales y colorido, utilizando papel reciclado, viejos libros vintage, stickers y washi-tapes, entre otros materiales, e invierte horas en volcar sus reflexiones más íntimas en varios folios. De ahí que @cloudydaysandletters, que es como se la conoce en Instagram -red en la que tiene 17.000 seguidores- sea una popular penpal, palabra inglesa con la que se designa a los amigos por correspondencia. Curiosamente, Claudia utiliza las redes sociales desde los 14 años para conocer gente y, en caso de  compartir afinidades, empezar el intercambio de cartas.

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En un mundo dominado por Internet y el culto a la inmediatez -hay gente que incluso se enfada si no le contestan un WhatsApp o un email al momento-, resulta chocante que todavía queden nostálgicos del boli y el papel, de la comunicación sin prisas. Pero lo cierto es que, en 2017, solo los usuarios de la principal plataforma del llamado ‘postcrossing’ ya se intercambiaron un total de 40 millones de tarjetas postales.

La moda de conectar a ciudadanos de todo el planeta mediante postales recupera el espíritu inicial de esta forma de escritura, que nació en la década de los 60 del siglo XIX como medio más económico que las cartas para el envío de mensajes cortos. Y que vivió su época dorada a principios del siglo XX con el auge del turismo y con la aportación de grandes artistas de la época, desde pintores a fotógrafos, que empezaron a ilustrar las tarjetas y, por tanto, a darles un valor artístico e histórico. Tanto es así, que estas pequeñas piezas se exhibieron en portadas de revistas e incluso en exposiciones. El número de coleccionistas fue incrementándose poco a poco, así como las cadenas de envío masivo de tarjetas.

El funcionamiento de las ‘tarjetas cruzadas’ era el mismo por el que hoy se rige www.postcrossing.com, con la diferencia de que en este caso se usa Internet para ponerlos en contacto. El usuario se registra en la plataforma, recibe una dirección para enviar la tarjeta y, a la vez, su dirección es enviada a otro usuario para que él también reciba una. El efecto sorpresa -¿tendré una postal en mi buzón?, ¿quién me habrá escrito?- sigue siendo el mismo. El proyecto fue creado en 2005 por Paulo Magalhães, un ingeniero informático que pensó que debía haber muchísima gente en todo el mundo que compartiera su hobby. Y no se equivocó. Al año de poner en marcha esta plataforma online, ya se habían intercambiado un millón de postales. En la actualidad, cuenta con más de 700.000 miembros de 213 países diferentes.

Gemma Adeva es una de las más activas en España. Desde que se inscribiera en 2012, esta alicantina “una apasionada del craft y de la vida simple”, como ella misma se define en su página web, ha intercambiado cientos de tarjetas con desconocidos de todo el mundo. Para Gemma, el postcrossing representa una forma alternativa de hacer amistades, viajar y conocer las costumbres y el idioma de un país sin salir de casa.

Además de plataformas especializadas, existen muchas otras iniciativas a pequeña escala o que se celebran únicamente en momentos puntuales. Las pasadas Navidades, la ilustradora Sami Garra, que imparte talleres de postales hechas a mano a través de la escuela online www.colmenacraft.com, y Mar, la fotógrafa de embarazo y recién nacidos al frente del blog Yvolar, organizaron dos intercambios de postales navideñas: uno para niños y otro para adultos. Y la magia de la Navidad trajo consigo unas bonitas tarjetas totalmente personalizadas.

Tanto los penpal como los amantes del postcrossing ponen en valor esa forma de escritura reposada, con cariño, pensando en la ilusión que le hará al otro -amigo o desconocido- recibir estas pequeñas obras de arte, algo insólito en estos tiempos de aceleración.

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